CURSOS

Próximamente se impartirán dos cursos de 25 horas cada uno, dirigido a Cuerpos de Seguridad, Equipos Sociales Municipales y Profesores de Enseñanza Secundaria.

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SEMINARIOS

A lo largo de este programa se organizarán SEMINARIOS en distintos municipios de Alicante, donde expertos versados en los temas que centran el objeto de este programa, expondrán experiencias y conocimiento al respecto.

Se compartirán todo tipo de conoci- mientos alrededor de la violencia juvenil y sus consecuencias; destacando el papel que juegan los Cuerpos de Seguridad por la novedad y el interés que supone la información que aporta este colectivo, que vive a diario la consecuencia del problema.

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JORNADAS

El 18 y 19 de octubre de 2007 tuvieron lugar en Alicante las JORNADAS Acción VIP – Acciones para la prevención de la violencia juvenil. A través de una ponencia marco y de talleres teórico-prácticos expertos en la materia compartieron conocimientos y herramientas para abordar los objetivos de este proyecto.

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ARTICULOS DE PRENSA

ARTICULOS y RECORTES DE PRENSA relacionados con la policía y los jóvenes, la violencia juvenil, el absentismo escolar, los conflictos en las aulas y otros temas que son objeto de estudio del proyecto.

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CASOS PRÁCTICOS

EXPERIENCIAS REALES vividas por colaboradores del proyecto en las que cuentan en primera persona casos actuales que ocurren diariamente en la aulas, en la calle y en las familias (nombre y lugares ficticios para proteger la confidencialidad de los protragonistas).

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“Las gafas de ver la adolescencia”, por Elena Galatsopoulou, terapeuta familiar y de grupos

Servicio de Atención a la Familia, las 8:30h de la mañana recepción del primer caso del día. Lo derivan de un instituto de Alicante: “conducta disruptiva, agresividad contra sus compañeros y los profesores, no acata las normas en casa”. El informe de la tutora exhausto y su número de teléfono al final de la hoja, pidiendo coordinación. Atiendo a la familia: han venido los padres y el chico, así como su hermana mayor, a la que no se le secan los ojos hasta que no terminamos con la sesión. Llamo a la tutora; había dejado el recado en la recepción del centro escolar para que le avisaran en cuanto llamara. Le comento lo que he valorado de esta primera sesión y ella me pregunta si lo está haciendo bien con el chico. Dice que sus compañeros en el instituto le dicen que J. la está manipulando “que la adolescencia es muy mala” y que “J. no va a cambiar”. Refuerzo su labor, está realmente muy implicada, pero el chico ya ha ganado la etiqueta de malo. Le sugiero que dedique más tiempo para trabajar con sus compañeros la percepción que tienen sobre J. antes que trabajar con el propio chico. “Aunque el chaval manifieste una mejora, ni los profesores ni su familia, lo van a poder ver ahora mismo; están demasiado quemados”. Quedamos con la tutora en seguir coordinadas para el caso. Entra mi compañero en mi despacho y me comenta que tenemos novedades de la policía. A. se ha fugado de clase otra vez y “se ha puesto chulo” cuando los policías que le hacen el seguimiento por el absentismo, le localizaron “en la plazoleta de siempre”. Mi compañero ya ha hablado con el tutor, quien dice estar alarmado, porque A. va de mal en peor. “Afortunadamente los policías han sabido manejarlo bien y el chico terminó “bajando” sin que el incidente fuera a más. ¡Qué mala es la adolescencia!”. Replanteamos nuestra intervención con el caso: mi compañero como terapeuta de la familia y yo como terapeuta del grupo en el que participa también A. Al finalizar, tomamos un suspiro, intercambiamos una sonrisa empática entre nosotros y volvemos cada uno a sus demás tareas. Al rato, mi compañera me avisa que ha llegado el siguiente caso, pero que han venido sólo los padres. “El niño no ha querido venir a la sesión”, dicen los padres. “No había manera de levantarlo de la cama”. Miro mi reloj; es la 1:30 de la tarde. “Son muy malos los adolescentes hoy en día. A mi no se me ocurría estar todo el día en la calle con 17 años sin ir al instituto ni trabajar; y menos levantar la mano a mi madre”, dice el padre. Me pongo en contacto con su educadora que se encarga de la ejecución de la medida judicial de libertad vigilada que está cumpliendo el chico por maltrato familiar. “C. no quiere ir a ningún lado con sus padres. Le salió un trabajo y ellos debían firmar la autorización, siendo él todavía menor de edad, pero no lo han querido hacer y C. se ha cabreado. Sus padres ya no lo quieren en casa y no piensan ponérselo fácil.” El conflicto entre padres e hijo ha cogido dimensiones desproporcionadas y la intervención con la familia está resultando imposible. Saco un libro de la biblioteca y repaso los capítulos leídos y releídos: “Tratamiento de adolescentes con problemas. Capítulo 3: Tratamiento de la delincuencia. Capítulo 5: Tratamiento de la familia violenta”. Mi compañera me avisa que es hora de irnos. Apago el ordenador y salgo de la oficina dando vueltas en la frase que protagonizó mi día: “¡Qué mala es la adolescencia!”.

Por la tarde me comenta un amigo que en el instituto de Mutxamel los alumnos van a presentar un musical. “Va a ser divertido. Se lo han currado mucho los chavales.” “Hm”, pienso “la adolescencia difícil”. Me acerco a la Casa de la Cultura de Mutxamel. Hay un montón de chavales y adultos en la puerta. Unos parecen ser profesores porque van con papeles en las manos e intercambian sonrisas nerviosas mezcladas con orgullo, como los directores de cine la noche de un estreno; y otros, padres, porque van arrastrando a niños más pequeños, vienen bien arregladitos con la cámara de fotos en la mano y la mirada de los que acompañan a las estrellas de Hollywood la noche de los premios Oscar. Saboreo por unos minutos esta imagen de adultos contentos y orgullosos de los adolescentes, y entro a coger sitio. Reproducen canciones de películas y series que les gustan: Kill Bill, Grace, Fame… La banda de música la acompañan coreografías de todo tipo, mientras los intervalos los cubren pequeñas actuaciones relativas a las frases más famosas de la historia del cine. El chico que canta, más bien desafina, el saxo se pierde de vez en cuando, una chica improvisa los pasos de la coreografía, a una actriz le entra la risa floja de los nervios, al escenógrafo se le olvida retirar una silla para la siguiente actuación… Pero todos, absolutamente todos están pletóricos. Participarán unos 80 alumnos y por lo menos una docena de profesores, pero todos tienen la sonrisa de satisfacción del creador principal de una obra de arte. Intercambian miradas de complicidad, se dan palmaditas en el hombro, salen a cubrirse mutuamente cuando se les van los tiempos. Los padres no paran de sacar fotos, aplaudir escandalosamente a sus hijos y a los del que esté sentado a su lado y soltar carcajadas. Ya son las 10 de la noche y la actuación no ha terminado todavía. La casa de la Cultura sigue repleta, aunque algunos han tenido que retirarse para acostar a los más pequeños, mientras otros los tienen dormidos en sus brazos. Cuando el evento llega a su fin, salgo acompañada por mi amigo, el escenógrafo, quien no para de presentarme a gente: profesores de todos los cursos, el jefe de estudios, los chicos que han actuado, los chicos que han venido a ver la obra. “Algunos de ellos son repetidores y no sabíamos si iban a poner empeño” me dice “pero al final se han volcado en su actuación”. En la puerta de la Casa de la Cultura hay un grupo grande de chavales riéndose. “La mayoría son del módulo de diversificación” me dice “da gusto verlos aquí esta noche”. En la siguiente esquina nos paran unos chavales “Oye, nosotros también queremos participar la próxima vez”, le dicen a mi amigo que, a parte de “escenógrafo” de este musical, es profesor. “Si venís a clase, con mucho gusto contamos con vosotros para la próxima” les dice guiñándoles el ojo. “Son absentistas. Pero parece que les ha “picado” esto. Esto es fantástico” dice mi amigo cuando nos alejamos de ellos. Finalmente se dirige a mí y me pregunta “¿Oye? No me has dicho si te ha gustado”. Le miro con ganas de contarle las contradicciones de mi día, pero finalmente, como si todo el día me estuviera siguiendo el pensamiento, decido compartir con él sólo mi sensación final: “Ha sido una inyección de esperanza para mí. Hoy he visto claro que no es tan mala la adolescencia; somos nosotros los que la miramos mal a veces. Gracias por compartir hoy conmigo tus “gafas de ver la adolescencia””. Me devuelve una sonrisa comprensiva. Es un buen tutor, sabe de qué hablo.

 

Elena Galatsopoulou

Psicóloga, Terapeuta Familiar y de Grupos

Servicio de Atención a la Familia

Diputación de Alicante

 

Autor: Elena Galatsopoulou

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